Viñarock 2025: La Raíz, Fermín Muguruza y 240.000 Personas en Villarrobledo

Hay festivales que son eventos musicales. Y luego está el ViñaRock: una experiencia colectiva que cada año reúne a 240.000 almas en mitad de La Mancha para celebrar mucho más que música. Es identidad, es resistencia, es comunidad. Y la edición número 28, el Viñarock 2025, que acaba de cerrar sus puertas será recordada como una de las más emotivas e intensas de su historia.

Como fotógrafo de conciertos acreditado para esta edición, pasé cuatro días inmortalizando desde el pit lo que cientos de miles vivieron desde el público: el regreso triunfal de La Raíz con Pablo desafiando su enfermedad, la despedida de Lágrimas de Sangre, el compromiso político de Fermín Muguruza, y docenas de conciertos que confirmaron por qué el Viñarock sigue siendo el festival “arte-nativo” de referencia en España.

Esta es la crónica de esos cuatro días irrepetibles. De las lágrimas derramadas, los puños alzados, las gargantas rotas de tanto cantar, y esa certeza que solo se vive aquí: que cuando la música es auténtica y la gente es verdadera, sucede algo que ninguna pantalla puede replicar.

Cuando capturé estas fotografías en mayo de 2025, ninguno imaginábamos lo que vendría después. Los 240.000 asistentes cantaban sobre anticapitalismo, resistencia y luchar contra el sistema. Las bandas dedicaban canciones a la autonomía cultural y la independencia de los espacios alternativos. Y yo documentaba todo convencido de estar preservando memoria de un festival que llevaba 28 años resistiendo las lógicas del mercado.

Apenas un mes después, la realidad nos golpearía con ironía brutal: KKR —fondo de inversión estadounidense con activos superiores a los 500.000 millones de dólares— había adquirido participación mayoritaria en Vía Célere, el grupo empresarial que gestiona el Viñarock. El festival anticapitalista ahora tenía como accionista a uno de los símbolos más evidentes del capitalismo financiero global.

La polémica estallaría inmediatamente, con hashtags como #NoAlViñaKKR y debates sobre si era posible mantener la esencia alternativa bajo propiedad corporativa. Pero eso vendría después. Esta crónica documenta el antes: cuando todavía creíamos que algunos espacios eran intocables, que la cultura resistente podía mantenerse al margen del capital. Quizá estas fotografías sean ahora más valiosas precisamente por eso: capturan el último Viñarock de la inocencia.

Miércoles 30 de Abril: Cuando Villarrobledo Deja de Ser Villarrobledo

Llegué a Villarrobledo a media mañana del miércoles, cuando el sol manchego ya calentaba con esa intensidad seca que caracteriza a La Mancha en primavera. El pueblo, habitualmente de 26.000 habitantes, comenzaba su transformación anual en metrópolis temporal de un cuarto de millón de personas.

Las furgonetas cargadas de tiendas de campaña, neveras portátiles y ilusión bloqueaban las calles de acceso al recinto. Grupos de amigos se reencontraban en las gasolineras, abrazándose como si hubieran pasado décadas sin verse (probablemente habían pasado solo un año, desde el último Viña). Ese es el ritual: llegar antes, mucho antes, porque montar la tienda con luz del día es infinitamente más sensato que hacerlo borracho a las tres de la madrugada.

Mientras acreditaba mi equipo fotográfico en la zona de prensa, reconocí caras familiares: otros fotógrafos con la misma expresión de “voy a sobrevivir a esto”, periodistas de medios especializados, el equipo de Canal 4 de Villarrobledo montando sus cámaras para la cobertura local.

Fue entre concierto y concierto —creo que entre Reincidentes y Lágrimas de Sangre, aunque a esas alturas del jueves los horarios ya eran bruma— cuando me pillaron y me propusieron una entrevista. Ahí estaba yo: sudado, con polvo manchego hasta en sitios donde no debería haber polvo, las manos temblando ligeramente por el exceso de cafeína y adrenalina, intentando articular pensamientos coherentes sobre qué significaba documentar el Viña. La entrevista completa podéis verla aquí (minuto 55:05) si os apetece ver a un fotógrafo nervioso, visiblemente agotado, intentando sonar profundo mientras de fondo se escuchan los primeros acordes del siguiente concierto.

La Fiesta de Bienvenida del miércoles no es un añadido menor en el Viñarock: es el pistoletazo de salida oficial, el momento donde el festival deja de ser promesa y se convierte en realidad palpitante. Miles de viñarockeros llevaban ya uno o dos días acampados, convirtiendo la zona de camping en una pequeña ciudad con sus propias reglas, su propia economía (basada en intercambio de cervezas y tabaco), y su propia cultura (donde ducharse es opcional pero la buena onda es obligatoria).

El Último Ke Zierre y Non Servium: Veteranos que Saben Exactamente lo que Hacen

Cuando El Último Ke Zierre subió al escenario Villarrobledo alrededor de las seis de la tarde, la explanada ya estaba razonablemente llena. No con las multitudes que llegarían en días posteriores, pero sí con ese núcleo duro de viñarockeros que no se perderían ni el primer acorde del festival aunque les fuera la vida en ello.

Estos veteranos del punk español conocen perfectamente el lenguaje que se habla aquí: cero pretensiones, máxima intensidad, letras directas que el público corea desde la primera nota. No hace falta presentación. No hace falta calentamiento. Desde el primer tema, los círculos de pogo se formaron espontáneos, esa danza tribal donde la violencia aparente esconde hermandad profunda. Nadie sale realmente herido de un pogo bien hecho; es más probable que te ayuden a levantarte si caes que te pisoteen.

Desde el pit fotográfico, mis primeras imágenes capturaron exactamente eso: rostros iluminados no solo por la luz rasante del atardecer manchego, sino por la felicidad genuina de quien lleva meses esperando este momento. Camisetas empapadas de sudor pese a ser apenas media tarde. Puños alzados no en gesto agresivo, sino en comunión. Una chica subida en hombros de su novio, brazos extendidos como si pudiera abrazar el cielo entero.

Non Servium continuó en la misma línea. Más punk, más rabia controlada, más himnos coreados por gargantas que llevaban todo el año guardando ese volumen para estos días. Vi a un tipo de unos cincuenta años, camiseta descolorida de ediciones pasadas del Viña, cantando cada letra con los ojos cerrados, y me pregunté cuántas veces habría vivido esta escena exacta. ¿Diez? ¿Veinte? Y sin embargo, la emoción intacta.

Non Servium en el Viña Rock 2025

Buhos: Cuando el Reggae Habla Catalán en Tierra Manchega

Buhos aportaron el contrapunto perfecto a la intensidad punk. Su reggae fusión en catalán creó atmósfera completamente diferente: donde antes había pogo violento, ahora había balanceo relajado. Donde antes había puños cerrados, ahora manos abiertas al cielo.

Es indicativo de la evolución del Viña que una banda cantando en catalán sea recibida con tanto entusiasmo en mitad de Castilla-La Mancha. El festival ha entendido algo fundamental: la diversidad lingüística no fragmenta, unifica. Porque lo que nos une no es el idioma, es el mensaje. Y Buhos hablan de las mismas luchas, las mismas esperanzas, los mismos sueños que el resto del cartel, solo que lo hacen en otra lengua peninsular.

Buhos en el Viña Rock 2025

Fotográficamente, su concierto me regaló iluminación cálida perfecta para retratos: tonos dorados, sombras suaves, ese momento mágico donde el sol está lo suficientemente bajo para ser dramático pero no tanto como para obligarme a subir el ISO a niveles ridículos. Capturé primeros planos del público con esa expresión de felicidad relajada que solo el reggae consigue: sonrisas anchas, ojos entrecerrados, movimientos fluidos.

El festival había comenzado.

Jueves 1 de Mayo: Cuando Dices Adiós sin Querer Decir Adiós

El jueves es cuando el Viñarock enseña realmente sus cartas. Con más de 25 conciertos repartidos entre seis escenarios simultáneos, la jornada te obliga a decidir, a sacrificar, a aceptar que no puedes estar en todas partes. Que mientras ves a una banda que te gusta, te estás perdiendo otra que quizá te cambiaría la vida.

Llegué al recinto pasadas las cuatro de la tarde, con las baterías de la cámara completamente cargadas y una lista mental de los conciertos que no me podía perder. Spoiler: la lista era imposible de cumplir. Pero la belleza del Viña está también en eso: en el caos organizado, en los descubrimientos accidentales, en ese concierto al que llegas por casualidad y que termina siendo el mejor del día.

Gritando en Silencio: Cuando la Felicidad Es Contagiosa

Gritando en Silencio inauguraron el escenario Villarrobledo con puntualidad británica a las cinco de la tarde. Marcos Molina, su frontman, irradiaba una felicidad casi infantil que pronto descubrimos tenía razón de ser: acababa de ser padre. Lo anunció desde el escenario con orgullo evidente, y el público respondió con ovación cariñosa.

Vestía una camiseta de Airbourne, declaración de intenciones rockera inequívoca, y su voz conservaba esa ronquera característica que otorga credibilidad instantánea en el mundo del rock. Su propuesta —rock urbano melódico con pinceladas de blues— fue recibida con entusiasmo creciente. Los primeros temas sirvieron para que el público se asentara, pero hacia la mitad del concierto ya había comunión absoluta.

Me moví constantemente entre el pit y los laterales del escenario buscando ángulos. La luz de las cinco de la tarde en Villarrobledo es regalo de los dioses para cualquier fotógrafo: cálida sin ser agresiva, lateral sin ser dura, dramática sin necesidad de trucos. Capturé primeros planos de Marcos con el público desenfocado al fondo, creando esa sensación de intimidad pública que define los buenos conciertos. También documenté al público mismo: cómo al principio observaban con brazos cruzados, valorando, y cómo paulatinamente se entregaban, cantaban, se convertían en parte activa del evento.

Un chaval de unos veinte años, camiseta empapada pese al calor seco, cantaba cada letra con los ojos cerrados. Le pregunté después (fuera del pit, ya sin cámara en mano) si era fan de la banda. “Primera vez que los veo en directo”, me dijo. “Pero joder, cómo conectan”. Eso es lo que Gritando en Silencio consiguió ese día: convertir curiosos en creyentes.

Reincidentes: Cuando Tres Generaciones Cantan la Misma Letra

Si hay una banda que encarna la continuidad generacional del rock español, es Reincidentes. Los sevillanos llevan décadas en esto, han visto ir y venir modas musicales, han sobrevivido a la dictadura del mercado, y siguen sonando exactamente como deben sonar: honestos, directos, comprometidos.

Su concierto a media tarde fue lección de vigencia. No necesitaron pirotecnia, no necesitaron pantallas LED espectaculares, no necesitaron nada más que amplificadores, instrumentos y letras que siguen describiendo realidades presentes. “Ay, Dolores” resonó con la misma rabia que cuando se escribió. “Vicio, vicio” fue coreado por gargantas que probablemente no habían nacido cuando salió el disco.

Reincidentes en el Viña Rock

Y ahí está la magia que mi cámara intentaba capturar: jóvenes de veinte años cantando cada palabra, cada matiz, cada pausa, como si esas canciones hubieran sido escritas para ellos específicamente. Porque en cierto modo, lo fueron. Las canciones de Reincidentes hablan de precariedad, de luchar contra sistemas que te aplastan, de resistir cuando todo te dice que te rindas. ¿Suena familiar en 2025? Absolutamente.

Lágrimas de Sangre: Despedirse Sin Decir Adiós del Todo

Si el Viñarock 2025 tuviera que resumirse en un solo momento emotivo del jueves, sería el concierto de Lágrimas de Sangre. El dúo catalán de hip hop consciente había anunciado esta como su gira de despedida, y aunque nadie creía realmente que fuera definitivo (estos retiros nunca lo son), la noticia añadió peso emocional considerable a su actuación.

Llegué al escenario Cutty Sark con media hora de antelación y ya estaba abarrotado. Público de todas las edades: desde chavales que los habían descubierto recientemente hasta veteranos que llevaban siguiéndolos desde sus primeros discos.

Muchos llevaban camisetas de Lágrimas de diferentes épocas, arqueología textil que contaba la historia de la banda a través de merchandising descolorido.

Lágrimas de Sangre en el Viña Rock 2025

Cuando Rodrigo y Nil subieron al escenario, la ovación fue ensordecedora. No necesitaron decir nada; simplemente empezaron a tocar, y el público respondió cantando cada palabra de cada tema. Hip hop donde la lírica importa tanto como el beat, donde las metáforas son complejas pero los mensajes directos, donde el catalán suena exactamente como debe sonar: orgulloso, bello, político.

Vi manos formando corazones dirigidos al escenario. Vi gente abrazándose a desconocidos. Vi la bandera catalana ondeando junto a la republicana junto a la estelada, todo el espectro del independentismo catalán conviviendo en el mismo espacio porque aquí, lo que importa es la música.

Durante “Barcelona s’il·lumina”, uno de sus temas más emblemáticos, la explanada entera se convirtió en coro. No estábamos viendo un concierto; estábamos participando en un ritual. Y mi trabajo, entendí, no era solo documentar imagen sino capturar emoción. Así que bajé los parámetros técnicos de mi mente —velocidad, apertura, ISO— y simplemente dejé que la cámara capturara lo que yo estaba sintiendo.

Fermín Muguruza: Cuando la Música Es Inseparable de la Política

Si Lágrimas de Sangre fue el concierto más emotivo del jueves, Fermín Muguruza fue el más politizado. Y en el Viñarock, eso significa mucho.

El legendario músico vasco, exmiembro de Kortatu y Negu Gorriak, subió al escenario como quien sube a una barricada. No venía solo a tocar; venía a decir cosas, a recordar luchas, a no dejar que nadie olvidara que la música sin mensaje es entretenimiento vacío.

Desde el primer acorde de “Sarri, Sarri”, la explanada se transformó. Las ikurriñas aparecieron como por arte de magia, ondeando sobre un mar de cabezas. Puños cerrados alzados en gesto que trasciende culturas: resistencia, solidaridad, dignidad. Fermín cantaba en euskera, en castellano, mezclando idiomas como quien mezcla identidades, ya que las identidades múltiples no son traición sino riqueza.

Fermin Muguruza en el Viña Rock 2025

“Gora Herria” fue coreado por miles que probablemente no hablaban euskera pero entendían perfectamente qué significaba. No hace falta traducción cuando el mensaje es universal: arriba el pueblo, arriba los de abajo, arriba los que resisten.

También tocó temas de su etapa en solitario: “Maputxe” como recordatorio de luchas indígenas a miles de kilómetros de aquí pero conectadas por la misma lógica de opresión. “Hay algo aquí que va mal” como diagnóstico certero de un mundo que prioriza beneficios sobre personas.

Pero lo que realmente marcó su actuación fue cuando, a mitad del concierto, Fermín paró la música completamente y leyó un manifiesto en favor de la igualdad de género en la industria musical. Aludía directamente a la polémica que había rodeado al festival este año: de 80+ nombres en el cartel, apenas un puñado eran mujeres o agrupaciones con presencia femenina significativa.

Fotográficamente, documenté todo: los puños alzados, las banderas, las caras de aprobación, las caras de incomodidad, el momento exacto donde Fermín sostenía el papel del manifiesto bajo el foco del escenario. Porque mi trabajo no es solo mostrar la música bonita; es mostrar la complejidad, el conflicto, la realidad de que incluso en espacios de izquierdas progresistas, las luchas continúan.

Cerró su set con una versión espectacular de “Pressure Drop” de Toots & The Maytals, agradecimiento musical al público y recordatorio de que el ska, el reggae, el punk, el rock… todas las músicas de resistencia están conectadas por linaje invisible pero potente.

El Resto de la Noche: Mala Rodríguez, Green Valley, La Fúmiga

La jornada del jueves no terminó con Fermín, por supuesto. El Viñarock no entiende de descansos.

Mala Rodríguez desplegó su arsenal de hip hop rompedor celebrando los 25 años de “Lujo Ibérico”, ese disco que demostró que una mujer en el rap español podía ser tan dura, tan técnica, tan relevante como cualquier hombre. Verla en el Viña, rodeada de miles cantando “Yo Marco El Minuto” y “Tengo un Trato”, fue recordatorio necesario: el talento femenino siempre ha estado ahí; lo que faltaba era espacio y reconocimiento.

Mala Rodriguez en el Viña Rock 2025

La Fúmiga cerró la noche con su ska-rock festivo en catalán. A esas horas de la madrugada, ya nadie distinguía idiomas; solo ritmo, solo alegría, solo la certeza de que todavía quedaban dos días más de esto.

Green Valley ofreció respiro reggae perfecto. Después de tanta intensidad política y emocional, su música consciente pero relajada creó atmósfera de sanación colectiva. El público pasó del pogo agresivo al balanceo suave, de los puños cerrados a las manos abiertas, del grito a la sonrisa. Es la magia del reggae: desacelera el mundo sin quitarle significado.

Green Valley en el Viña Rock 2025

Cuando volví al hotel pasadas las tres de la madrugada, las piernas me temblaban de cansancio pero la mente bullía de imágenes. Docenas de conciertos documentados. Y la sensación abrumadora de estar presenciando algo que importaba, algo que en décadas futuras la gente miraría y diría: “Así era. Así éramos”.

Viernes 2 de Mayo: El Día que Pablo Decidió No Rendirse

Hay fechas que quedan marcadas en la memoria colectiva de un festival. El viernes 2 de mayo de 2025 es una de ellas para el Viñarock. No por el lineup completo (aunque era espectacular), sino por un solo concierto. Un solo hombre. Una sola historia de resistencia humana que trasciende la música.

Pero antes de llegar ahí, antes de hablar del momento que detuvo el festival, hay que hablar de cómo comenzó el día.

La Cancelación de Mägo de Oz y el Profesionalismo de Porretas

La noticia llegó por la mañana a través de los canales oficiales del festival: Mägo de Oz no podría actuar debido a la enfermedad de su técnico de monitores. Para quien no esté familiarizado con producción musical, el técnico de monitores es fundamental; sin él, los músicos no pueden escucharse a sí mismos en el escenario, y tocar se vuelve ejercicio de adivinación frustrante.

La decepción fue palpable. Mägo de Oz es una de esas bandas que arrastra multitudes, que tiene fans devotos que llevan décadas siguiéndolos. Su ausencia dejaba hueco considerable en el cartel de la noche.

Pero el Viñarock lleva casi treinta ediciones haciéndose; saben manejar imprevistos. Porretas, veteranos absolutos del festival, fueron llamados para ocupar ese espacio. Y respondieron con la profesionalidad de quien lleva haciendo esto desde que la mayoría del público actual no había nacido.

Porretas representan el ADN original del Viñarock: rock urbano castizo, sin pretensiones, honesto hasta la médula. Llevan en el festival desde la primera edición en 1996, cuando compartieron cartel con Extremoduro y Platero y Tú. Han visto evolucionar el evento de reunión underground a fenómeno de masas, y siguen siendo exactamente quienes siempre fueron.

Su set fue lección de cómo convertir lo adverso en oportunidad. Tocaron todos los clásicos que el público viñaroquero conoce de memoria: “Si lo sé me meo” (himno generacional de indignación cómica), “Hortaleza” (oda a un barrio que es todos los barrios), “Marihuana” (porque el Viña siempre ha sido festival de legalización pragmática).

Pero lo que realmente brilló fueron sus versiones. “Resistiré” transformado en himno punk. “Pongamos que hablo de Madrid” reinterpretado como declaración de identidad urbana. “Insurrección” tocada como si las palabras acabaran de escribirse ese mismo día.

Boikot, Dakidarría, ToteKing: El Preámbulo de lo Inevitable

La tarde avanzó con otros nombres potentes del cartel. Boikot desplegó su punk rock comprometido. Dakidarría ofreció rock vasco con letras que navegan entre el euskera y el castellano. ToteKing demostró una vez más por qué es considerado uno de los mejores letristas del rap español: flow impecable, métricas complejas, crítica social envuelta en juegos de palabras que hacen pensar tanto como bailar.

Tote King en el Viña Rock 2025

Pero todos sabíamos que esos conciertos, por buenos que fueran, eran preludio. El festival entero esperaba las 23:30. El escenario Cutty Sark. La Raíz.

La Raíz: Cuando Un Hombre Enfermo Le Gana una Batalla al Cáncer

Para entender qué significó el concierto de La Raíz esa noche, hay que entender la historia previa.

Pablo Sánchez, vocalista y alma de la banda valenciana, había anunciado meses atrás que padecía mieloma múltiple, un tipo de cáncer que afecta la sangre. El tratamiento es brutal: quimioterapia agresiva, debilitamiento extremo del sistema inmune, fatiga constante. Los médicos le habían recomendado descanso absoluto.

La banda había continuado la “Gira Reencuentro” —su regreso a los escenarios después de años de parón— con Pablo uniéndose cuando podía y descansando cuando no. Nadie sabía con certeza si estaría en el Viña. La organización tenía plan B por si acaso.

Pero Pablo decidió que iba a estar. Que el Viñarock, su festival, la comunidad que lo vio crecer musicalmente, merecía su presencia completa. Contra todo pronóstico médico, contra las recomendaciones de descanso, contra el sentido común más básico… iba a dar el concierto completo.

La Raiz en el Viña Rock 2025

Cuando llegué al escenario Cutty Sark a las 23:00, la explanada ya estaba absolutamente abarrotada. No exagero: era la mayor concentración de público que había visto en todo el festival. Gente literalmente apretujada hasta el límite de lo seguro. La organización tuvo que cerrar accesos porque sencillamente no cabía nadie más.

La anticipación era casi física. Se podía tocar. El murmullo constante de miles de conversaciones: “¿Estará Pablo?”, “Dicen que sí”, “No me lo creo hasta que lo vea”. Banderas de La Raíz ondeando. Banderas republicanas (la banda siempre ha sido políticamente explícita). Camisetas de todas las épocas de la banda, testimonio de fidelidad histórica.

Y entonces, a las 23:30 exactas, las luces del escenario se apagaron. Oscuridad total. Silencio expectante. Y cuando los focos volvieron a encenderse, ahí estaba.

Pablo.

El grito fue ensordecedor. “¡PABLO, PABLO, PABLO!” coreado por miles de gargantas. Lágrimas instantáneas en cientos de rostros. No estábamos viendo simplemente a un cantante subir al escenario; estábamos viendo a un hombre enfrentando su propia mortalidad y decidiendo que la vida, la música, la comunidad, eran más fuertes que el miedo.

“Entre Poetas y Presos” inauguró el concierto. Desde las primeras notas, supe que este iba a ser el concierto más difícil de fotografiar de toda mi carrera. No por condiciones técnicas, sino porque yo mismo estaba demasiado emocionado para mantener el pulso completamente firme.

Pablo cantaba con una intensidad que desafiaba su condición física. Se movía por el escenario, interactuaba con el público, daba todo como si no estuviera librando una batalla interna contra células rebeldes en su propia sangre.

Y el público, sin necesidad de indicación alguna, continuó cantando. Miles de voces sostuvieron la melodía, dándole el tiempo que necesitaba. Cuando pudo continuar, las lágrimas en su rostro eran evidentes incluso desde mi posición en el pit.

El Tren Huracán“, probablemente el himno generacional de La Raíz, desató locura absoluta. Esa letra que siempre tuvo poder metafórico —”Soy un tren huracán que va perdiendo vagones por el camino”— adquirió en este contexto significado demoledor.

Durante los noventa minutos que duró el concierto, mi cámara capturó imágenes que sé que son las mejores de mi carrera. No porque sean técnicamente perfectas (algunas están ligeramente movidas porque me temblaban las manos), sino porque capturan algo que trasciende la técnica: humanidad pura.

Capturé a Pablo con el puño alzado, desafiante, mientras cantaba versos sobre resistencia. Capturé al público llorando abiertamente, sin vergüenza, sin esconderse. Capturé manos entrelazadas entre desconocidos. Capturé banderas ondeando. Capturé el momento exacto donde un chaval de unos dieciocho años gritaba “¡FUERZA, PABLO!” con tal intensidad que se le marcaban las venas del cuello.

Capturé abrazos. Tantos abrazos. Parejas abrazándose como si el mundo fuera a terminar. Grupos de amigos formando círculos protectores alrededor de quien estuviera más emocionado. Desconocidos pasándose pañuelos para secarse lágrimas.

Cuando tocaron el último acorde, a la 1:00 de la madrugada, no era solo un concierto que acababa de terminar. Era una victoria colectiva. La prueba de que cuando la comunidad se une, cuando la música significa más que entretenimiento, cuando la resistencia es acto de amor… ganamos. Aunque sea temporalmente. Aunque sea una batalla en una guerra larga. Ganamos.

La Raiz en el Viña Rock 2025

El Resto de la Noche: Rulo, Sons of Aguirre, Benito Kamelas

Después del huracán emocional de La Raíz, el festival tuvo que continuar. Y lo hizo con profesionalidad, aunque todos sabíamos que nada iba a estar a la altura de lo que acabábamos de vivir.

Rulo y la Contrabanda ofrecieron contraste perfecto con su rock melódico y storytelling intimista. Donde La Raíz fue intensidad política y emocional, Rulo fue narrativa personal, historias cotidianas elevadas a categoría de arte. Su concierto funcionó como bálsamo necesario, como descompresión emocional.

Sons of Aguirre & Scila llenaron otra explanada con su fusión de estilos, demostrando que el Viña sigue siendo plataforma para propuestas que no se dejan encasillar fácilmente.

Benito Kamelas, con su estética peculiar (el cantante con camisa hawaiana customizada con el logo de la banda al estilo Space Invaders), ofrecieron rock festivo que hizo llorar por razones completamente diferentes: nostalgia pura con “Aquellas cosas que solíamos hacer”, tema que todo treintañero español conoce y que evoca memorias de veranos y amores perdidos.

Pero seamos honestos: esa noche solo había un concierto. Todo lo demás fue hermoso, profesional, disfrutable… pero La Raíz había marcado el día con fuego.

Sábado 3 de Mayo: Despedirse Sin Querer Irse

El último día de un festival siempre tiene ese sabor agridulce que ninguna droga recreativa puede replicar. La energía acumulada de tres jornadas intensas choca con la melancolía de saber que está terminando. Que mañana volverás a ser la persona que eres en el mundo normal, con sus responsabilidades, sus horarios, sus máscaras sociales.

Pero todavía quedaban horas. Todavía quedaba música. Todavía quedaba la posibilidad de ese último momento mágico que te llevarías como talismán hasta el próximo año.

O’Funk’illo: Veteranos que Siguen Sabiendo Exactamente Cómo Hacerlo

O’Funk’illo inauguraron el escenario Villarrobledo del sábado con su funk rock inconfundible. A pesar del cielo nublado que amenazaba lluvia (que afortunadamente nunca llegó), el ambiente se encendió desde el primer acorde.

Lo que más me impresionó fue el regreso del guitarrista asturiano Rafa Kas, quien en un momento dado ejecutó un solo con la guitarra tras el cuello, al estilo Jimi Hendrix. Fotográficamente fue regalo: técnica espectacular, momento único, público enloquecido. Disparé en ráfaga mientras Rafa doblaba el cuello hacia atrás, dedos volando sobre trastes que no podía ver, sonido perfecto saliendo de un instrumento sostenido en posición imposible.

Las dos coristas de O’Funk’illo añadieron dimensión vocal que transformó canciones buenas en experiencias completas. Y observé algo interesante: el público femenino reaccionaba especialmente a ellas, creando ese espacio de representación que tanto se echó en falta en el cartel general. Dos mujeres en un escenario dominado por hombres no debería ser noticia, pero en un festival con apenas presencia femenina, cada aparición contaba doble.

Me Fritos and the Gimme Cheetos: Cuando el Absurdo Es Profundamente Serio

Si hay una banda que encarna el concepto de “banda festi” —esa categoría indefinible de grupos que existen para festivales y en festivales— es Me Fritos and the Gimme Cheetos.

Su propuesta es aparentemente simple: versiones delirantes de éxitos pop transformados en rock desenfrenado, humor absurdo, interacción constante con el público. Pero hay arte en el aparente caos. Hay precisión en la locura.

Y luego pasó el momento.

Su batería, que usa silla de ruedas, comenzó a ser porteado por el público mientras tocaba. La imagen es difícil de describir a quien no la vivió: un músico elevado por cientos de manos, silla de ruedas incluida, baquetas en alto, tocando perfectamente mientras navegaba sobre un mar humano.

Todo esto mientras la banda ejecutaba su versión del “Ave María” de David Bisbal. Porque en el Viña, la ironía y la emoción genuina coexisten sin contradicción.

Porque ese batería porteado no era una “inspiración porn” (esa narrativa condescendiente sobre personas con discapacidad “superándose”). Era un músico haciendo su trabajo y una comunidad celebrándolo como se celebra a todos: elevándolo literalmente.

Lendakaris Muertos: Punk Vasco que Dura Lo que un Parpadeo

Lendakaris Muertos ofrecieron su repertorio de punk vasco humorístico-político en formato condensado extremo. Treinta temas en cuarenta y cinco minutos. Canciones que duran veinte segundos. Una que literalmente dura un segundo exacto.

Su concierto fue masterclass de energía condensada. Círculos de pogo que apenas tenían tiempo de formarse antes de que la canción terminara y empezara la siguiente. Público coreando letras en euskera y castellano, muchas veces fonéticamente porque la velocidad no permitía procesamiento consciente.

Talco: Cuando Italia Encuentra Euskadi en Medio de La Mancha

Talco, banda italiana de ska-punk, fue una de las confirmaciones más celebradas del cartel. Su reputación les precedía: energía incansable, compromiso político explícito, capacidad de hacer saltar a multitudes que no entienden una palabra de italiano.

Y cumplieron cada expectativa.

Su mezcla de melodías pegadizas, ritmos bailables y letras comprometidas conectó inmediatamente con un público viñaroquero que reconoce hermandad ideológica independientemente del idioma. No hace falta entender italiano para entender que cantan sobre las mismas luchas, las mismas esperanzas, las mismas rabias que el resto del cartel.

La explanada entera se transformó en pista de baile gigante. Skanking (ese baile característico del ska donde das pasos laterales mientras elevas rodillas) ejecutado masivamente por miles. Saltos sincronizados en estribillos coreados fonéticamente. Banderas italianas ondeando junto a republicanas, ikurriñas, esteladas… la internacionalización de la resistencia en una sola imagen.

Kaótiko, El Canijo de Jerez: Las Dos Caras de la Moneda

Kaótiko representó la rabia urbana sin filtros. Hardcore punk que no hace concesiones, que no busca agradar, que simplemente grita verdades incómodas a máximo volumen. Su público: incondicionales que conocían cada letra, que entraron en pogo desde el primer segundo, que convirtieron la explanada en zona de combate consensuado.

El Canijo de Jerez, en cambio, ofreció algo completamente diferente: flamenco-punk fusionado con autenticidad que solo alguien criado entre ambas tradiciones puede lograr. Guitarras flamencas dialogando con baterías punk. Palmas tradicionales sobre bases de rock. Cajón flamenco amplificado hasta volverse arma sónica.

Lo fascinante fue ver al público adaptar su energía instantáneamente. Los mismos que hacían pogo violento con Kaótiko ahora movían los brazos con ese estilo característico del baile flamenco (o su versión punk). La flexibilidad cultural del público viñaroquero siempre me asombra: pueden pasar de punk finlandés a flamenco andaluz sin pestañear.

Ítaca Band: Cuando Tienes que Despedir a Un Cuarto de Millón de Personas

Ítaca Band, encargados de cerrar el festival por segundo año consecutivo, enfrentaban desafío monumental: despedir a 240.000 personas exhaustas, emocionadas, nostálgicas, y que no quieren irse.

Su ska-reggae festivo en valenciano fue elección perfecta. Suficientemente enérgico para mantener la fiesta hasta el último segundo. Suficientemente emotivo para que funcionara como despedida digna.

Tocaron todos sus himnos: temas que hablan de amistad, de resistir juntos, de encontrarse año tras año en lugares como este. Y el público respondió cantando cada palabra, prolongando lo inevitable, exprimiendo hasta la última gota de magia festivalera.

El Viñarock Invisible: Lo que Pasa Fuera de los Escenarios

Como fotógrafo acreditado, tuve acceso a espacios y momentos que el público general no ve. Y ahí, en los márgenes, en los backstages improvisados, en las conversaciones entre conciertos, es donde realmente entiendes qué hace especial al Viñarock.

La Ciudad de Campaña: República Independiente Durante Cuatro Días

La zona de acampada del Viñarock es fenómeno sociológico en sí mismo. Durante cuatro días, se convierte en ciudad autónoma con sus propias reglas, su propia economía (basada en trueque de cervezas, tabaco y bocadillos), su propia cultura.

Dediqué una mañana completa a documentar este aspecto. El amanecer sobre un mar de tiendas de colores es espectáculo visual impresionante: cientos de refugios temporales, cada uno con su personalidad, creando mosaico urbano completamente orgánico.

Vi calles improvisadas con nombres inventados escritos en carteles: “Avenida del Desfase”, “Calle de la Resaca Permanente”, “Plaza de los Que Aún No Se Han Duchado”. Vi tiendas decoradas con banderas políticas, luces LED, posters de bandas. Vi grupos cocinando paellas en hornillos portátiles, desafiando toda lógica culinaria pero logrando resultados sorprendentemente comestibles.

El Compromiso Político: Más que Canciones de Protesta

El Viñarock nunca ha escondido su dimensión política. Es festival de izquierdas, punto. No neutral, no apolítico, no “solo música”. Y en 2025 fue especialmente visible.

Gritos de “Mazón dimisión” (presidente valenciano criticado por gestión de crisis) resonaron durante varios conciertos. Manifiestos por igualdad de género como respuesta a críticas por falta de mujeres en cartel. Banderas republicanas, independentistas catalanas y vascas, LGTBI+, palestinas… El recinto era museo textil de todas las luchas vigentes de la izquierda española.

Mensajes desde escenarios sobre ecología, derechos laborales, antifascismo. Bandas que paraban entre canciones para hablar de huelgas, de manifestaciones, de batallas políticas concretas.

Como fotógrafo, esto planteó pregunta constante: ¿documento solo la música o también el contexto político? Mi respuesta fue clara: ambos son inseparables. Obviar la dimensión política del Viña es falsear su identidad fundamental.

Así que fotografié pancartas, banderas, camisetas con mensajes políticos. Documenté momentos donde artistas nombraban luchas concretas. Capturé reacciones del público: aprobación masiva en algunos casos, incomodidad visible en otros (porque incluso en espacios de izquierdas hay debates sobre qué luchas priorizar).

Reflexiones Finales: Qué Significa Documentar el Viñarock

Después de cuatro días, 8.500+ fotografías capturadas, seis baterías agotadas, ropa que probablemente nunca perderá completamente el olor a polvo manchego, y un agotamiento físico considerable, me hago la pregunta: ¿qué he documentado realmente?

Más Allá de Conciertos

Documentar el Viñarock no es como fotografiar cualquier festival. No es solo capturar músicos tocando instrumentos bajo luces de colores. Es documentar algo más complejo, más profundo.

Es documentar resistencia. En un mundo que te dice que seas productivo, consumista, conformista… el Viña es espacio donde por cuatro días puedes ser genuinamente tú. Donde llevar camiseta de Reincidentes de hace veinte años no es vintage sino autenticidad. Donde cantar sobre revolución no es postureo sino convicción.

Es documentar comunidad. Esa palabra tan manoseada pero tan real aquí. Vi a desconocidos convertirse en familia temporal. Vi solidaridad práctica, no retórica. Vi gente cuidándose mutuamente porque eso es lo que se hace.

Es documentar memoria. Cada fotografía que hice es eslabón en cadena de transmisión cultural. Dentro de veinte años, cuando alguien pregunte cómo era el Viña en 2025, estas imágenes responderán. Dirán: “Así éramos. Esto valorábamos. Por esto luchábamos”.

Viñarock 2025 en Números y Controversias

Los Datos:

  • 240.000 asistentes (cuatro días)
  • 80+ bandas en seis escenarios
  • 1.800 empleos directos + 3.000 indirectos
  • 22 millones de euros de impacto económico
  • Precio de abono: 62,50€ (anticipada)
  • Edad promedio: difícil de determinar, pero claramente multigeneracional

Las Controversias:

La falta de representación femenina fue elefante en la habitación durante todo el festival. Solo puñado de mujeres solistas y bandas con presencia femenina significativa en cartel de 80+ nombres. Fermín Muguruza lo nombró desde el escenario. Conversaciones en zonas de descanso lo mencionaban constantemente. La organización, para su crédito, reconoció el problema y prometió trabajar en mejorarlo para 2026.

Sostenibilidad ambiental: aunque el festival mantiene políticas de reciclaje y reducción de plásticos, el impacto de 240.000 personas en espacio concentrado es considerable. Vi montañas de basura, consumo masivo de recursos. Es contradicción difícil: festival que promueve valores ecologistas pero genera huella ambiental inevitable.

Masificación: veteranos lamentaban pérdida del ambiente “familiar” de ediciones antiguas cuando el Viña era reunión underground. “Antes nos conocíamos todos”, me dijo un tipo que lleva veinte años viniendo. “Ahora es multitud anónima”. Es precio del éxito: lo que te hace grande te hace también menos íntimo.

La Controversia que Vino Después: KKR y el Debate Sobre la Identidad del Festival

Pero la controversia más grande no estallaría durante el festival, sino apenas un mes después de su conclusión. A finales de mayo de 2025, medios especializados revelaron noticia que sacudiría a toda la comunidad viñarockera: KKR, uno de los fondos de inversión más poderosos del mundo (con activos bajo gestión superiores a los 500.000 millones de dólares), había adquirido participación mayoritaria en Vía Célere, el grupo empresarial constructor e inmobiliario que controla el Viñarock.

La ironía era tan brutal que casi parecía performance artística involuntaria. El festival que durante 28 ediciones había sido estandarte de la cultura anticapitalista, que había acogido manifiestos contra el neoliberalismo, que había dado escenario a bandas explícitamente antiimperialistas… ahora tenía como accionista indirecto a un gigante del capitalismo financiero estadounidense. Las mismas explanadas donde se coreaban consignas contra el sistema ahora generaban beneficios que acabarían, parcialmente, en fondos de inversión de Wall Street.

La reacción fue inmediata y visceral. El hashtag #NoAlViñaKKR se convirtió en trending topic. Bandas históricas del festival emitieron comunicados expresando su “profunda preocupación” y amenazando con no volver si no había garantías de independencia artística. Artistas como Def con Dos y Ska-P (veteranos del circuito alternativo) fueron especialmente críticos, cuestionando si era posible mantener credibilidad anticapitalista bajo propiedad de fondos de inversión.

La organización del festival intentó apagar el fuego aclarando que KKR no tenía control directo sobre la programación artística, que la operativa del festival seguía en manos del mismo equipo de siempre, que la adquisición era de Vía Célere (el conglomerado empresarial) y no específicamente del Viñarock. Pero los argumentos sonaban huecos para muchos: ¿cómo puedes cantar “somos la resistencia” cuando tus beneficios alimentan fondos que invierten en industria armamentística, combustibles fósiles y gentrificación urbana?

El debate que se abrió trascendió el Viñarock específicamente para tocar cuestión más profunda: ¿es posible mantener espacios culturales genuinamente alternativos dentro de estructuras económicas capitalistas? ¿O todo, eventualmente, es absorbido, digerido y convertido en mercancía por el sistema que supuestamente estamos combatiendo?

Como fotógrafo que documentó el festival, la controversia añadió capa de significado inesperada a mi trabajo. Esas imágenes de puños alzados, de banderas anticapitalistas, de Fermín Muguruza firmando manifiestos… ¿son ahora testimonio de resistencia auténtica o documento de contradicción inevitable? ¿Son memoria de lucha o evidencia de cómo el capital coopta incluso los espacios que le resisten?

No tengo respuestas fáciles. Pero sé que esas fotografías ahora significan algo diferente a lo que significaban cuando las hice. Son más valiosas precisamente por su ambigüedad: capturan un momento donde la contradicción todavía no era visible, donde todavía podíamos creer que algunos espacios permanecían fuera del alcance del capital.

Viñarock 2026: Controversia Garantizada

La edición 2026, ya anunciada para el 30 de abril al 3 de mayo, no estará exenta de polémica. De hecho, probablemente será el festival más observado, más escrutado, más politizado de toda su historia. Cada decisión de programación será analizada bajo microscopio: ¿mantienen coherencia anticapitalista o suavizan el mensaje para complacer a accionistas? ¿Siguen dando espacio a bandas abiertamente anti-sistema o empiezan a “limpiar” el cartel?

Las primeras confirmaciones para 2026 incluyen a Mägo de Oz (recuperando su cancelación de 2025), lo que algunos interpretan como apuesta segura comercialmente pero menos arriesgada políticamente. También se ha confirmado mayor presencia femenina en el cartel, respondiendo a críticas de ediciones anteriores, aunque escépticos señalan que podría ser maniobra de relaciones públicas para desviar atención de la controversia KKR.

Yo, como fotógrafo, haré todo lo posible para estar allí en 2026. Porque precisamente ahora, en este momento de crisis identitaria del festival, es cuando más importante es documentar qué pasa. Ver si el Viñarock logra mantener su esencia bajo nueva estructura de propiedad, o si asistimos a lenta pero inevitable domesticación de uno de los últimos reductos de cultura alternativa masiva en España.

Las fotografías de 2026 contarán una historia diferente a las de 2025. Ya no serán documentación inocente de comunidad celebrando música y resistencia. Serán evidencia en debate más amplio sobre si es posible resistir desde dentro del sistema, o si la única resistencia genuina es la que permanece completamente fuera.

La controversia está garantizada. Las preguntas incómodas también. Y mi cámara estará allí para documentarlo todo.

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